Con mucha o poca experiencia de la vida Erasmo se aventuró en las historias, las leyendas y las apariciones, pero no solo para escucharlas de la voz de los mayores, sino también para vivirlas.
“Una de las cosas más fuertes fue echarme a un viejillo que era nahual”. Es una de las tantas historias comunes que se escuchan en México y aquí obviamente no estamos exentos de contar algo así.
Cuenta don Erasmo que había noches en las que ya no lo dejaba dormir un ruido en la lámina de su casa, en un pueblo hundido cerca de Altotonga, Veracruz.
“Los viejos nos contaban que cuando fueras a ver un nahual se tenía uno que quitar la ropa porque si no, el animal se iba, pero si te encuerabas al animal se le figuraba que también eras uno de esos”, cuenta don Erasmo.
En una de las tantas noches llenas de arañazos en el tejado, don Erasmo se hartó y por fin le hizo frente. Al salir para su enfrentamiento hizo todo lo que ya le habían contado: estar armado, no llevar luz, quitarse la ropa y rezar el Ave María. Avanzó poco a poco y con mucho cuidado se asomó al techo. Ahí estaba un pajarraco enorme de plumas negras que rascaba la lámina. Sin pensarlo dos veces, alistó la
bala de su carabina y disparó.
Aquel animal cayó tendido al patio trasero de la casa. Los perros ladraban sin acercarse, un olor asqueroso empezó a esparcirse por el lugar mientras Erasmo rezaba, hasta que todo se calmó y se fue a dormir.
.
¿Qué pasó después? Lo que todos se imaginaban: había un hombre muerto en el patio. Como a la ley no le hacía mucho sentido todo eso de las ondas místicas del pueblo, a Erasmo se lo llevó la caballeriza.
Estuvo un tiempo encarcelado por asesinato y con los años volvió, con otras mañanas, otras ideas y sus aventuras con las criaturas extrañas siguieron sucediendo. Parecía como si aumentara su nivel de enfrentamientos.
“Así fueron pasando otras cosas hasta que conocí al diablo”, dice Erasmo. En esas ocasiones en las que no le iba bien con el trabajo, ganando unos cuantos pesos o nada, habló con un amigo. “Le conté cómo me estaba yendo y me dijo “hazle así y así”, entonces le hice caso para dejar de estar pensando” .
Erasmo salió de su casa a las 12 de la noche, fue al cruce de caminos que le había mencionado su amigo. Ahí espero y llegó un hombre de negro que apestaba. Se presentaron y así tal cual el hombre le dijo “soy el diablo” y comenzó a revolcar a Erasmo en la tierra, dejándolo con algunos golpes por el alboroto. Lo soltó y así fueron sus encuentros cada viernes.
De ahí en adelante a Erasmo no le faltó el trabajo, pero tampoco le faltaron sus zarandeadas con el diablo, ni otras más historias que contarle a las nuevas generaciones sobre sus encuentros con la llorona, duendes y cosas de ese estilo.
Ojalá hubiera una foto de Erasmo para ilustrar a la gente cómo es que alguien pierde su energía positiva; se veía demacrado, pero no enfermo; delgado, pero con gracia, adinerado, pero sin felicidad real.
Siempre le faltó algo y él nunca lo supo descifrar. Hace añísimos que murió, solo, lentamente y en silencio, tanto que nadie fue a prenderle una veladora, ni siquiera el diablo.
Comentarios
Publicar un comentario