Yo sabía que algo pasaba, pero no sabía exactamente qué era. Fue como haber tenido algo en el zapato y no sabía si era una piedra, una moneda o alguna otra cosa, pero estaba segura de que algo me causaba incomodidad en la pata. Esa cosa no solo se había metido a lo zapato, sino que se había ocultado entre la suela y la plantilla. O, dicho de otra manera, se había quedado tan prendida de mí, que ya se había hecho parte de mi vida el no poder pisar tranquila.
¿Cómo supe todo esto? Estuve en
un proceso de neuropsicología y después de varias sesiones con pruebas,
cuestionarios, actividades y entrevistas, se llegó a ese diagnóstico. Trastorno
del Espectro Autista (TEA) en nivel 1. ¿Y luego? La bolita de nieve: Trastorno
por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH).
Estaba harta de todo. De la confusión, la incomodidad; la tristeza de ver cómo perdía oportunidades porque tenía miedo, pena, apatía, y tantas cosas negativas que solo me hacían quedarme viendo la vida pasar tras un cristal de ignorancia consciente.
Yo veía como todos evolucionaba en sus vidas, menos yo. La gente tenía a sus novios y hacían cosas de novios, pero yo tenía novio y no hacía nada más que platicar y jugar un rato con uno que otro beso. Mis necesidades nunca fueron las mismas que mis parejas, la disponibilidad a otras actividades siempre fue un drama. De verdad que ha sido irritante existir sin entender.
Ya después de todo, la vida, mi vida, tuvo sentido. Ya sé por qué hago o no hago ciertas cosas. Ya sé por qué han estado duro y dale con que haga algo por más sencillo que sea, como saludar a la gente, tender la cama, escuchar, ver a los ojos. Ya sé por qué me dicen que siempre se debe hacer lo que yo quiero y que por eso soy manipuladora o grosera. Ya sé por qué se enojan cuando digo algo que está medio fuera de lugar o que es demasiado honesto.
Si yo tenía esa piedrita en el zapato, entonces mi actitud fue igual de molesta que una piedrita. Porque no sabía nada, ni yo ni quienes me rodean. Porque en los trabajos no duraba debido a mi actitud tan rara. Ya sé las razones por lo que todo me hacía sentir incómoda; la comida fuera de casa, el ruido de otros, la ropa exacta que necesito, estar con la gente que no conozco...
Qué cosa tan bárbara. Es como haber jugado un videojuego solo porque sí, pero sin saber para qué o qué. Nunca le entendí hasta después de 24 años. Me suena como en esas novelas en la que nadie le dice al hijo que es adoptado y cuando logra descubrirlo (porque notaba cosas raras), se alegra porque tenía razón, pero al mismo tiempo se siente confundido. De todas formas, sigo procesando esta información, recordando cosas que he vivido y la forma en que reaccioné.
Eso fue el desahogo por el TEA, pero lo demás fue lo que enmascaró todo eso; el TDAH ha sido mi uniforme. Eso de hacer de todo y terminar haciendo nada, por ejemplo, son una de las muchas formas en las que se ha manifestado este relajo. No finalizar actividades, el aburrimiento constante, el absurdo interés tan clavado con temas ocasionales, interrumpir conversaciones, hacer ruidos que tienden a molestar, tener un desorden por todas partes, no seguir rutinas que prometo cumplir… tantas cosas.
Yo sé que muchas personas van a decir que ya ahora todo mundo tiene algo, pero, queridos, si supieran que el cerebro y todo ese universo son un tema enteramente profundo, que a veces resulta ser un enigma para la propia persona, entenderían a las personas neurodivergentes.
Ahora que lo hablé con mi psiquiatra, también le hizo sentido todo lo que le contaba, además me dijo que estuvo muy bien que, si algo me incomodaba a tal nivel, buscara la forma de resolverlo. Me toca hablar con mi familia, mis amistades y así, para que por fin todos estemos en la misma línea en la que me acabo de encontrar.
No me avergüenzo, no me arrepiento, no me da miedo. Ya he vivido así, pero lo diferente es que ya sé cómo funciona todo. No es una enfermedad, no es un problema, es una forma de existir y eso es todo.
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