Cada pared de la casa tiene su historia, sabe lo que vio y escuchó. Todas las casas tienen algo en silencio. Las personas que ves por la calle llevan algo en su corazón. Yo por ahora, o por lo que llevo de vida, traigo un peso en la espalda que me está encorvando más y más.
Últimamente he entrado en reflexiones más profundas con mi
lazo familiar y busco formas de ir desenredando esos nudos que forman las
dudas, el dolor, la incertidumbre y la inseguridad. Cómo me gustaría saber el
porqué de las cosas, pero no solo saber, también comprenderlo. Aunque no estoy
muy segura de si me conformaría con ese descubrimiento y seguiría estando ahí
como si no supiera nada.
“¿Para qué sufrir si no hace falta?” Creo que soy muy
exigente con mamá. La miro y me pregunto cuál es la razón por la que no alza la
voz. Me armo discusiones y argumentos en la mente: “Yo diría esto, yo haría lo
otro, yo pensaría aquello.” No me cuesta nada pedir, pero en realidad lo más
difícil es hacer lo que se pide.
Han sido incontables las veces en que he sugerido la
separación, aunque eso no quiere decir que no quiera a mis padres juntos, en
realidad, me encantaría que estuvieran juntos para siempre, pero esa calidad de
matrimonio siempre me ha dado miedo. No es un tema aislado o dado por hecho, es
algo que en cada consulta con mi psiquiatra lo comento. Él me dice que hay
diferentes tipos de parejas y que tal vez mis padres no formen un matrimonio
como el que las chicas románticas deseamos.
Lo que no termino de entender es porqué debo entenderlo yo
y no ellos. Verás, he formado mis 24 años de vida viendo cómo se relacionan
estos dos sujetos; existe apoyo económico, actos de servicio, protección,
responsabilidad material y demás, algo que claramente es fundamental. Pero lo
importante aquí es ¿qué pasa cuando un elemento de esta unión olvida la calidad
humana?
Oye, no creo que quieras que alguien te diga que tienes
palabras de tonta cuando te expresas, que exageras, que estás trastornada o que
tú misma buscas que te traten así. No creo que te agrade cuidar de alguien que
se enoja hasta por cómo le ofreces agua. Es como si trajeras un letrero en la
frente que diga “me gusta que me humillen”.
Querido, no hace falta que golpees a alguien para decir que
eres violento. También existe la violencia verbal y psicológica. No hace falta
que alguien tenga marcas de violencia en el cuerpo para decir que sufre de
dolor; el corazón también duele, los recuerdos, las palabras punzantes, las
miradas de desprecio que se reciben.
Otra cosa es que no solo sufres tú como pareja, también
sufren quienes son espectadores de cómo te tratan. ¿A quién le gusta ver sufrir
a alguien que ama? ¿Qué niño estaría feliz al escuchar insultos en casa? ¿A qué
persona has escuchado que está feliz de que sus padres sigan juntos a pesar de T O D O? ¿A qué se refieren con T O D O?
A muchas personas se no hace muy fácil opinar y dar
soluciones, pero también he pensado en ese esfuerzo que requiere salir, al
menos, de un noviazgo. Grande o pequeño, es un duelo propio y cada persona sabe
lo que le duele, lo que deja ir, lo que pierde y lo que gana.
Creo que es más difícil salir de un matrimonio. He llorado
a mares por una persona con la que no hay un lazo firmado y que ni siquiera
conoce mi tipo de sangre, pero entonces imagínate cómo se sentirá el dolor de
salir de un matrimonio, cómo será un día saber que ya todo terminó, que ya te
has alejado físicamente de alguien con quien compartiste un techo, pero también
te provocó dolor. Son cosas que cuestan trabajo entender y aceptar siendo
pareja.
Ahora, ¿cómo será cuando eres el espectador? Un hijo, por
ejemplo; ya no vas a escuchar discusiones, ya no tendrás que defender a nadie y
ahora solo tendrás el trabajo de consolar y acompañar en el proceso de
superación, aunque será difícil saber a quién abrazarás primero. Ahí comienza
otra lucha, ser el jamón del sándwich. Tienes los brazos abiertos y papá y mamá
están tirando fuerte; al hacerlo te lastiman.
¿Qué nos queda por hacer? Ni siquiera yo lo sé, es como
estar entre la espada y la pared: por un lado proteges a alguien y por el otro
te descuidas esperando que todo valga el gran esfuerzo.
Ojalá todos fuéramos amigos, ojalá que nos lleváramos bien
y que pudiéramos convivir un día en la mesa todos juntos sin necesidad de
arruinar la comida. Ojalá que los padres también reconocieran que no solo son
ellos los que están en el conflicto, sino que pasan arrastrando a quienes
comparten las paredes con ellos.
Creo que hay que tener paciencia para comprender las cosas y fuerza para enfrentarlas. Hay tantas cosas que quisiera decir, tantas cosas que me encantaría cambiar y lo único que puedo hacer es no repetir lo mismo en mi futuro, ser acompañante, escuchar y abrazar; disfrutar cuando no pasa nada que duela y resistir hasta que todo termine por naturaleza, porque, al menos aquí, nadie va a hacer algo.
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