Todo sucedió mientras estaba en uno de los parques más famosos de la ciudad y en lo que esperaba a un amigo, yo me concretaba en la belleza de un hombre desconocido, algo que ultra extrañamente sucede conmigo. Era un hombre tan adecuado a mi descripción de hombre físicamente perfecto, que me puse a pensar las maneras en las que me podría acercar a él y platicar. Aunque no encontré ninguna forma y es obvio que si me llegaba una idea de cómo hablarle tampoco lo iba a hacer.
Sucedió la magia de los cinco segundos y él chico me miró. Nos miramos, mejor dicho. Luego de esos pequeñísimos instantes bajó la mirada. A lo lejos se sentía la tensión de ser visto por alguien extraño que te genera curiosidad.
Durante este proceso de observación quise ignorar mis impulsos y me dispuse a tomarle fotografías a mi ternurín; una figurita japonesa coleccionable en forma de conejito con vestido rojo. Se llamaba Nur. Después de la sesión de fotos, guardé a Nur y me cambié de lugar, quise moverme de la fuente a una banca y desde ahí contemplar al sujeto que tenía proporciones perfectas y piel canela.
Por alguna extraña razón quise revisar mi bolso y me di cuenta de que Nur tenía atorado un boleto de autobús en su vestido, lo sacudí y el boleto se desprendió. Mi ternurín ya estaba libre de la atadura de ese boleto, así que lo guardé en mi bolso. Desgraciadamente no me di cuenta de que Nur no cayó dentro de la bolsa, sino que cayó afuera. Y yo seguí con el objetivo de tratar de averiguar quién era el chico tan guapetón que estaba yo observando.
Me percaté que aquel joven apuesto también se había cambiado de lugar, aunque después volvió a moverse y al caminar se detuvo para amarrar sus agujetas. Después siguió su camino y entonces pensé que sería buena idea irme a sentar en el lugar donde él estaba.
Me fui sin revisar el lugar donde yo me había sentado para asegurarme de que no olvidaba nada. Llegué a la banquita abandonada en donde él descansó por un tiempo y ya lo había perdido de vista. Volteaba como si yo tuviera el cuello de la niña del exorcista, pero no alcanzaba a verlo.
Estaba claro que después de tanta belleza y observación necesitaba distraerme por un momento y me dispuse a pintar una de las figuritas de yeso que vendían en un puestecito. Elegí pintar un triceratops, seleccione los colores y pagué $50. Fui a la mesita que tenía el puesto y ahí me senté a pintar mi dinosaurio.
Para inspirarme más, puse música en mis audífonos a todo volumen. A la misma mesita llegó una joven con un niñito; pintaban un zombie. A los pocos minutos llegó mi amigo, el cual me había citado en el parque para que lo ayudara con un pequeño video. Me acompañó a que terminara de pintar mi triceratops y quise presentarle a Nur, corrí el cierre de mi bolso y no lo vi, hurgué en el bolso y no lo encontré, saqué las cosas de mi bolso y no había rastro de ningún ternurín.
Me puse muy triste pero al mismo tiempo no dejé de pintar mi dinosaurio, así que en lo que terminaba mi obra maestra mi amigo se puso a buscar mi ternurín. No lo encontró. La búsqueda no fue exitosa.
Cuando terminé de pintar mi dinosaurio fuimos juntos a buscar a mi ternurín, incluso estuvimos preguntando si alguien lo había visto, pero la gente me decía que no. Finalmente, acepté que mi criatura había sido extraviada y robada.
Hicimos los videos de mi amigo y luego volví a casa. Para desahogarme inmediatamente le conté a mi mamá lo que había sucedido. Este suceso tan deprimente me había tocado a mí. Hice algunas publicaciones en redes sociales para que me ayudaran a buscar a Nur, pero ya ha pasado una semana y no he tenido respuesta alguna.
Creo que la moraleja de todo esto es: si vas a salir con tu ternurin, usa una transportadora y si no tienes transportadora, mejor no te lo lleves. Aunque también la otra moraleja puede ser que no andes espiando a los hombres guapos porque puedes perder la noción de lo que haces sin darte cuenta de que has perdido tu ternurín.
- Arely ♥

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