Perfil
“Yo recuerdo que mi papá no era un hombre de palabras dulces; fue muy duro con mis hermanos. Pero a pesar de todo lo que pasó sé que nos quería. Siempre trató de darnos lo mejor que podía, pero también nos enseñó a ganarnos las cosas”, mencionó Andrea.
En 1913 nació el señor Raymundo Cabaña, quizá nació en un pueblo de Oaxaca o de Cuba, no se supo exactamente ni la fecha de su cumpleaños, pero lo que sí era seguro es que sus padres, Zenón y Rosalía, venían de aquella bella tierra caliente rodeada de playa y pesares.
Mundo -como siempre le decían- creció junto a sus cinco hermanos y sus tres hermanas. En el inicio de su juventud al lado de una chica de nombre desconocido procrearon a Juliana, su primer hija, quien al tiempo del divorcio por un motivo que ella desconocía ella le guardó rencor a Mundo en lo más insondable de su corazón.
Saliendo de un corto matrimonio fallido decidió sentir el sol de un nuevo lugar como Loma Bonita Oaxaca y el calor de otras manos, conociendo así a la hija de unos españoles; Dorotea Guerrero, una mujer de 21 años, piel blanca, estatura baja y unos ojos claros, todo lo contrario de Mundo, quien tenía piel canela, una buena estatura y unos ojos marrones llenos de poder.
La familia al lado de Dorotea creció, teniendo y logrando con vida a 10 de sus 12 hijos; siete hombres y tres mujeres. Estas criaturas crecieron con el ejemplo de que, a las 4 AM, en lugar de ir a la escuela, debían ir al campo a hacer el corte de piña o cualquier cosa de la cosecha para venderlo o hacer trueque, mientras que Dorotea y las niñas se quedaban en casa preparando la comida, lavando, limpiando y atendiendo a las visitas, porque la casa siempre estaba llena.
El lugar en donde la familia de Mundo creció fue en El Barrio del Conejo, ahí cada día las primeras consolas de la época retumbaban en las dos cantinas que había y cuando él llegaba del trabajo, luego de tomar algo fresco, bailaba abrazado de su machete los danzones de La Hora del Sotavento.
Don Mundo creció viviendo tiempos difíciles en casa. La mano dura era la única forma de tener una buena educación y crecer siendo una persona correcta. Claramente daba ese ejemplo a sus hijos y así, con el mismo modelo con el que creció, los educó y levantó a la familia. En aquellos tiempos los roles de género eran bastante estrictos; Dorotea no salía de la casa y Mundo volvía tarde del trabajo en la parcela o quizá de la visita a alguna mujer de su vida secreta.
Los golpes nunca faltaron en casa; las travesuras, las risas y los gritos estaban casi prohibidos. Tenía un temperamento muy fuerte, una mano muy pesada y la picardía sin falta. Hubo una vez en que golpeó a Santos, su hijo de en medio, su llanto se escuchaba más fuerte que las consolas de las cantinas.
También una vez, cuando Cándido, su segundo hijo con Dorotea, olvidó una cuerda en la parcela, lo mandó a buscarla en plena oscuridad de la noche y sin una vela que lo alumbrara. Mundo era estricto y no bajaba de ese nivel.
Cuando estaba contento todo era diferente; no paraba de contar historias graciosas por las tardes para toda la familia y se tomaba una cerveza antes de comer. Todo era muy bonito. Los domingos, caminando -porque nunca usó bicicleta o caballo- y sin olvidar su sombrero se iba al parque de Loma a platicar con los amigos.
Dice Andrea, su penúltima hija, que tal vez gracias a eso sus hermanos crecieron siendo trabajadores, responsables y buenas personas, y hace énfasis en ellos porque a ella junto con sus hermanas se les imponían más prohibiciones por ser mujeres pero que afortunadamente de eso se encargaba su madre, quien le ayudó varias veces a Andrea para que pudiera estudiar.
Andrea fue la más privilegiada, quizás. Cuando empezó a crecer tuvo más cercanía con Don Mundo y además de padre e hija se hicieron grandes amigos. Por las tardes, cuando terminaba su trabajo en la parcela, con las vacas y las piñas, volvía a la casa y en un tiempo libre le pedía a Andrea que le ayudara a hacer las cuentas de cuánto ganaría si juntaba una tonelada de piña en la empacadora. Mundo, quizá no sabía leer ni escribir, pero los números nunca le fallaban.
“Siempre hacía sus cuentas con una varita en la tierra. Cuando yo hacía la cuenta en una hoja me decía: “¿Cómo va a ser eso, Andrea? Si yo ya sé cuánto es, hazle ahí otra vez”, y hasta que por fin me salía bien el resultado.”
Al llegar los días difíciles del cansancio en la vida de Mundo, Andrea se convirtió en su enfermera y su asistente personal, cuidando cada detalle y cada risa, los vendajes y sus alimentos. El gran señor dejó de ir al campo, caminaba lento, con cuidado y a veces arrastrando los pies.
“A él le dio erisipela y párkinson y como yo iba a cursos de enfermería pues lo cuidaba. Por la erisipela se le hizo una llaga en su pierna y todos los días tenía que curarle y algunas veces necesitaba cortar la piel muerta, era de un color muy oscuro. Siempre me tuvo confianza para esas cosas.”
Pero, Andrea tuvo que viajar a Xalapa en busca de nuevas oportunidades e intentar apoyar a su familia monetariamente y a un tiempo de su estancia en esa ciudad, con un trabajo matadísimo y mal pagado, volvió cuando le llamaron al hospital para decirle que Don Mundo, el hombre fuerte e invencible, había cerrado sus ojos para siempre a los 84 años.
“Yo sé que él era bueno, porque después de los años, cuando todos conocimos a Juliana, ella le pidió perdón y le agradeció, porque a pesar de todos sus rechazos él estuvo al pendiente de ella.”
Andrea menciona que siempre le hará falta la presencia de Mundo a pesar de las situaciones difíciles que ocurrieron en casa, pues un padre siempre será importante en la vida de cada persona sin importar como haya sido la historia.
“No crecimos tan perdidos. Fue un padre
que a su manera nos dio amor y valores.”
Arely
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