Es diciembre. Siento el ligero sudor que baja por mis axilas entre mi suéter de borrega en un día caluroso. Pero no puedo quitarme el suéter porque solamente tengo bralette y no llevo otra blusa. Escucho "Sexo, pudor y lágrimas" con un muchacho que está cantando en el parque.
Lloré un rato en el bus. Pensé demasiado y fue muy duro para mí haber repasado mi vida en un viaje de autobús. Aunque quizá lo tenía que hacer tarde o temprano y me tocó llorar ahí. Fue todo un ir y venir de momentos en los que solamente me quedaba aceptar lo que vivía y no quejarme. No opinar, no hablar de lo que me estaba lastimando. De darme por vencida por argumentos ajenos.
Llegué pronto a mi destino. Caminé. Luego lloré en los brazos de Ale cuando hablábamos, seguro, de alguna tontería de la vida. Suelo reírme mientras lloro para que mi voz no se haga débil. Qué frágil es el cerebro y qué ideas tan duras tiene. Qué confortable fue llorar en un lugar donde me siento acompañada y querida. Sé que no me van a juzgar y que a veces solo necesito que me escuchen y no espero una retroalimentación de mi sentir.
Por la tarde, mi mente no dejaba de darle vueltas a la rumia que día con día me acompaña. Necesitaba espacio y decidí salir de clase un rato para recostarme en una banca del parque más cercano.
Estuve comiendo algo de azúcar que me ayudara a sentir algo más que tristeza. Tal vez un poco de locura pero en esta ocasión, sin llorar.
Y luego me comí un pan. No recuerdo más. Volví a casa y me dormí.

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