El hielo había cubierto cada charco de la colonia. Había unos baches grandotes que a menudo se llenaban de agua cuando las vecinas lavaban sus banquetas y lo señores lavan sus carros puercos llenos de lodo.
Y pues sí, los charcos fueron atrapados por el hielo del invierno de Perote. Hacía un frío bien cabrón. Ni siquiera sentía mi cara.
Ya con ese "espectáculo" de agua sucia congelada, les niñes de la cuadra andaban como si fueran los Juegos de Invierno. Jugaban a ser patinadores y hasta traían varitas para impulsarse.
El gusto les duró unos tres días. Ahora con la intensificación de los problemas climáticos se hizo que volviera la resolana y los charcos se hicieron aguaditos. Cuando las criaturas llegaron a sus Olimpiadas Ficticias todo se derrumbó. Literalmente. Pobres criaturas. Colapsaron junto con el bloquecito de huelo que tanta diversión les había regalado.
Quedaron empapados de agua fría y por ende, se enfermaron. Estaban con el moco a todo lo que daba. Fueron unas dos semanas en las que no salieron ni a la tienda o a escoger su pieza de pan con don Mauro.
No hay que confiar tanto en los hielos mexicanos.

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