Todas las tardes, después de la escuela, ya tenía prisa de llegar a mi casa y ver a esa bonita criatura color naranja nadando por el arrecife artificial que mi hermana y yo hicimos.
Para tener siete años, en verdad desconocía mucho sobre la vida y el mundo de los peces. Laura y yo teníamos muchas dudas y solo hacíamos lo que nos dijeron en la tienda: lavar la pecera y darle de comer lo del frasquito tres veces al día.
Mi pez se llamaba Octavio y era un lindo pez dorado. Teníamos ya dos meses con él y pasar tiempo juntes era lo máximo. Desayunaba con él y con mi hermana mientras le inventábamos historias ridículas, y cuando llegaba de la escuela lo ponía en medio de la sala para que pudiera ver la tele conmigo.
Pasaron unos tres meses más y mi pez ya no cabía en su pecera. Estaba algo incómodo para darse vueltas como acostumbraba a nadar; de un lado a otro. Mi mamá no tenía dinero, Laura y yo mucho menos. Mi papá a veces no nos daba y no teníamos qué vender. Tampoco podíamos usar un topper como pecera.
Estaba claro que queríamos una solución, y la única que tuvimos en ese entonces fue llevarlo a un estanque del parque. Ahí había muchos peces y en esos tiempos creímos que serían amigos y todo eso. Ahí se quedó el buen Octavio. Ahora ya sé que los peces del estanque se lo comieron por ser más pequeño.
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