Plumas

Fausto acababa de llegar a su casa. Había ido al viejo establo a ordeñar a las vacas. La casa estaba sola porque Luisa había ido a visitar a su madre.

Con tal descuido sucedieron muchas cosas por la ausencia de les dos. La locura había llegado a la granja. Había plumas por doquier. Fausto dejó su cántaro en la puerta y fue a revisar siguiendo cada pluma esparcida.

¡Oh, sorpresa! La gallina más gorda, bonita y  ponedora estaba muerta. La primer sospecha que tuvo fue contra el perro que andaba por la reja de la granja. Llevaba unos tres días rondando el lugar.

Fausto estaba rabioso.. Su gallina era la que le daba el desayuno de todos los días. Ni los huevos quedaron. Tampoco quiso comerla o dársela a los perros. La enterró atrás del gallinero por respeto.

Cuando Luisa llegó, Fausto le contó la historia que inició con las plumas y que terminó en un entierro. Lo que lamentó fue que sus cuatro perros lo habían acompañado al viejo establo y no pudieron defender a su gallina.

¡Qué calamidad! Fausto se quedó sin huevos para desayunar.

Comentarios