Hacía un calor infernal. Ya estaba cerca de rendirme. Tenía hasta arena metida en las orejas por el viento que de repente azotaba muy fuerte.
Pero no podía rendirme. Ya le había prometido a mi mamá que haría esto para que a la familia no le faltara nada.
Yo tenía planes. Me quedé a cargo de todo cuando mi viejo se nos fue hace dos meses. Todos mis planes se me fueron, pero al menos fue por algo razonable. El niño de la silla de ruedas me necesitaba y yo era la única esperanza de mi madre.
Entonces, todos mis planes anteriores se los llevó la brisa de arena de Sonora. Esa brisa parecía que me cantaba "Ninguna pared nos va a parar, porque sobrevivir es la misión".
No me di cuenta de cuando empecé a llorar. No supe si era por las ampollas que se estaban formando en mis pies, o por la ausencia de mi padre, o por haber dejado mis sueños o por estar lejos de mi casa.
La vista ya se me nublaba. Les demás ya iban bien adelante de mi. Escuché que la arena se venía arrastrando detrás. Me giré y ahí estaba un hombre que ya no usaba bastón; mi padre.
Me miró y me dijo: -Raúl, no me vayas a quedar mal.- Me dio unas palmaditas en la espalda que se sintieron como si hubiese entrado en el oasis más fresco. Asentí. Seguí caminando mientras él se perdió en la arena.
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