FABIÁN

El perro de las manchas entró a la casa. Ya lo había visto algunas veces cuando sacaba al cachorrito a conocer la cuadra. Ya lo había visto también cuando mi hermano iba a la tienda y se iban juntos. Fue raro. Me daba miedo porque era un perro muy grande.

Mi mamá tiene la costumbre de darle nombres aleatorios a los perros que ve en la calle. El perro de las manchas entró a la casa y ella dijo ¡Ay, tú, Fabián, salte! Y no, ahí se quedó, así como su nombre nuevo y eterno; Fabián.

Fabián dejó de asustarme. Algunas veces hasta me sentaba en la banqueta para acariciarlo un rato mientras pasaban los coches por la calle angosta que los vecinos agarraron como estacionamiento. Y por ratitos se levantaba y le ladraba a la gente y luego volvía a mí para que le siguiera rascando las orejas.

No había ninguna prisa de quedárnoslo, él era libre y leal al mismo tiempo. Nos acompañaba a la tienda. Entraba a la casa y comía pan mientras mis perros le ladraban cuando se daban cuenta que estaba ahí. Nos daba los buenos días al asomarnos por la ventana desde temprano y cuando no lo veíamos, solo gritábamos hacia la loma “¡Fabián!”, y lo veíamos saltar entre el pastito y venía hasta la puerta.

Así pasaron los días junto al perro con las manchas amarillentas más lindas de toda la cuadra. Con el tiempo, él me empezó a acompañar a la tienda o a la parada del camión. Algunas veces, cuando llevaba unos cinco pesos de más, le compraba un pan y lo acompañaba a comer para después volver a casa. 

Puedo confesar que a veces no me gustaba que fuera conmigo a la tienda porque a mi me dan mucho miedo los perros y varias veces salían los de la otra cuadra y nos ladraban. Pero Fabián era bien cabrón porque no se dejaba de ninguno y si se le acercaban, claro que no se iba a dejar. Era muy protector conmigo y con él mismo.

A unas semanas de haber confirmado nuestra amistad, mi mamá se entero de que Fabián tenía otra familia y que le gustaba andar por toda la vecindad haciendo amigos para que le dieran de comer. ¡Qué mañoso era ese güey! Con razón no estaba flaco; estaba bien llenito y grandote.

Algunas veces, cuando no lo veíamos, mi mamá le preguntaba a la dueña de Fabián por él. Ella decía que lo amarraba porque cuando las perras andaban en su temporada de celo él se iba, así que prefería amarrarlo para que no se fuera. También dijo que no siempre funcionaba porque incluso se había llegado a soltar.

Entonces también había veces en que ni ella sabía en dónde andaba Fabián, que, por cierto, nunca supimos su nombre real.

Y como ya lo había dicho, Fabián era bien cabrón. Una vez, afuera de la puerta de los Marciales se agarró a mordidas con otro perro que iba pasando y todo estuvo bien intenso, tanto que empezaron a pelear en dos patas.

Ah, y ni cómo olvidar la rivalidad que tenía con el Pirata. Un perro con una mancha grande en su cara que le atribuía ese nombre. Se pelearon varias veces, pero como Fabián era lo máximo, siempre ganaba. 

También hubo enfrentamientos con uno de los perros que tenía un empleado de la casa de enfrente. Se podía notar la tensión desde dos cuadras. Parece que ese fue el único perro que le dio buena batalla. 

Creo que al único perro que tal vez le tenía miedo era a Tamarindo, la mezcla de terrier de doña Tacha, una señora que en realidad quién sabe cómo se llama. Cuando íbamos a la tienda y el Tamarindo andaba afuera, Fabián se regresaba. No sé que le habrá hecho para que le tuviera miedo.

Y a mí nunca me gustó que anduviera de peleonero. Yo sentía feo porque Fabián era mi amigo y yo quería que él estuviera bien. Tanto que, hasta una vez, anduvo lastimado de una de sus patas delanteras. Tenía una herida que no sé cómo se hizo. Mi mamá siempre lo llamaba para ponerle vaporub y que le cicatrizara.

Cuando no había algo que hacer en la casa, mi mamá y yo salíamos a sentarnos en la banqueta. Fabián llegaba gustoso y moviendo la cola y nosotras sacábamos el pan para darle, o alguna presa de pollo que mis perros no se hubieran comido. Y ahí se quedaba con nosotras, viendo los carros y la gente.

Hubo un noviembre en el que Fabián no llegó a comer en la banqueta. No supimos a dónde se fue. La cuadra se volvió triste y aburrida para nosotros. Ya habíamos tenido un lazo especial con él y eso nos hacía preocuparnos porque no sabíamos en dónde estaba. Hasta el señor de la tienda me preguntaba que dónde andaba mi amigo.

Ya han pasado casi dos años desde que no lo vemos. Mi mamá dice que a lo mejor se lo robaron porque era muy amistoso, que tal vez se lo llevaron a un rancho. No quisimos pensar en la idea de que estuviera muerto; eso jamás.

Solo esperamos que esté bien y en un lugar donde pueda comer todo el pan que quiera. Fabián era lo máximo. Todo el cariño que nos dio lo hizo ser un perro diferente al resto. Fabián siempre será nuestro amigo.

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